Era por dentro una casa siniestra esta casa del barrio de las Descalzas, Misericordia, 2; una casa buena para crímenes, para duendes, para toda clase de intrigas y de misterios.
III.
LA EJECUCIÓN DE MIYAR, EL LIBRERO
Y también pronto, en son triste,
lúgubre voz sonará:
¡Para hacer bien por el alma
del que van a ajusticiar!
Espronceda: El reo de muerte.
A principio de 1831, don Tomás Manso puso en su casa, como dependiente, a un sobrino suyo en segundo o tercer grado, llegado de Lerma, llamado Miguel Rocaforte. Miguel, cuando vino a Madrid, era un joven cándido, violento, lleno de ilusiones.
Entró a trabajar en el despacho de la calle de la Misericordia, a las órdenes de Narciso Gómez, el casado con doña Juanita; y como su tío no quería que Miguel fuera a una casa de huéspedes, ni tampoco llevarlo a vivir con él, porque era celoso, hizo que a su sobrino le pusieran la cama en el sotabanco grande y largo, en donde había relojes descompuestos y herramientas de platero.
Miguel trabajaba con don Narciso en el piso bajo, en un rincón estrecho y húmedo, con una ventana con rejas que daba al patio. Este despacho tenía una puerta al pasillo, largo y obscuro, que comunicaba con almacenes, en donde se veían montones de sal y bolas también de sal, algunas tan grandes, que parecían las bombas de los parques de Artillería.
El ambiente de aquel piso bajo era muy húmedo, parte porque no tenía ventilación, y parte por la eflorescencia de la sal.
Los primeros meses de estar allí Miguel, los pasó aburrido y desesperado, haciendo proyectos para marcharse a otra parte; luego, cuando conoció al encuadernador, que vivía y tenía un pequeño taller en el piso bajo y que le prestaba libros, se dedicó a leer; después se acomodó a su vida de empleado, le tomó gusto a su sotabanco, en donde estaba solo e independiente, salió a la calle y tuvo amigos y fué al teatro.