Cuando Miguel entró en casa de don Tomás tenía diez y nueve años. Era un joven romántico y alocado, que en su pueblo había comenzado a hacer calaveradas, a leer versos y a escribirlos.

El y un rival suyo en aventuras, León Zapata, habían escandalizado el pueblo, haciendo de fantasmas por las calles de Lerma y cantando el Trágala delante de la casa de los absolutistas.

Según Aviraneta, Miguel no podía servir para una vida tranquila y ordenada. Don Eugenio le encontraba temperamento de guerrillero. Con el Empecinado o con Mina, decía, hubiera llegado pronto a capitán o a coronel. Era hombre mejor para manejar un sable que para trabajar con la pluma. Impulsivo, valiente, atrevido, imprevisor y con una vanidad absurda, era un tipo de estos, añadía Aviraneta, que tienen una mentalidad de militares, de tenores de ópera, tipos para quienes la vida es una sucesión de arias. Colocarse en una situación interesante, y a poder ser dramática, y defender luego su papel de una manera briosa, constituía la más grande preocupación de Miguel. Miguel, como la mayoría de los hombres impulsivos que razonan ligeramente, iba a la acción con una fuerza y una energía sorprendentes.

—Yo—decía Aviraneta—quise dar a aquel muchacho preocupaciones políticas y hacerle en la cárcel un auxiliar mío; pero Miguel era incapaz de someterse a nada.

Miguel, los primeros meses de estar en Madrid, no tenía más amigo que Gómez, el empleado, y Gómez le desesperaba. Este era un hombrecito insignificante y sonriente, contento con su suerte, a pesar de que todo el mundo decía que su mujer le engañaba. De noche, a la luz de una lamparilla de aceite, Miguel leía en su sotabanco poesías románticas y novelas lacrimosas.

Un día, poco después de llegar a Madrid, supo por el portero de la casa, el Cuervo, y por Burguillos, que iban a ejecutar a un librero liberal en la plaza de la Cebada.

Los dos compadres le invitaron a acompañarles a presenciar la ejecución, y al mediodía, después de trabajar en el almacén y de dejar el zapatero remendón a su mujer al cuidado del puesto y de la portería, marcharon los tres, cruzando calles, a salir a la de Toledo, y llegaron a la plaza de la Cebada, que entonces se hallaba despejada y libre de todo edificio.

Los soldados rodeaban el patíbulo y formaban el cuadro. Una multitud de desharrapados se apiñaban para presenciar el suplicio, y los dragones hacían caracolear los caballos y los llevaban para atrás, a meterlos entre las filas de los curiosos. Tocaban las campanas a muerto en todas las iglesias próximas: en San Isidro, en San Millán, en la Almudena, en el Sacramento y en la capilla del Obispo; y los hermanos de la Paz y Caridad, vestidos con sayones negros, recorrían las calles por parejas; unos, haciendo sonar la campanilla, y otros, mostrando una caja de hoja de lata y diciendo con voz triste y monótona: «Para hacer bien por el alma del que van a ajusticiar». Miguel y sus dos compañeros se detuvieron en medio de la multitud.

Miguel oyó decir que la mujer del librero Miyar había ido el día anterior a Aranjuez a pedir gracia al Rey. La pobre mujer esperó a Fernando VII; pero Fernando no salió porque llovía; quizá no salió por temor a verse obligado a perdonar; cosa que debía ser desagradable para un hombre bajo y rencoroso como él.

A las doce y media, próximamente, comenzó a aparecer la comitiva en la plaza de la Cebada. Un hermano de la Paz y Caridad, llevando una gran cruz, precedía el cortejo. Detrás marchaban dos filas de encapuchados, con cirios amarillos en la mano, cantando una letanía; luego, un piquete de alguaciles a caballo.