Inmediatamente después, montado en un burro, venía el librero Miyar, entre dos curas. Vestía una hopa blanca y larga; estaba tan blanco como la hopa y tenía las manos amoratadas, casi negras, por la presión de la cuerda, que le martirizaba. Entre las manos agarrotadas llevaba una estampa de Cristo.

Al ver la horca, el reo volvió la cabeza con horror y miró hacia el público con los ojos dilatados por el espanto; pero los curas le obligaron a seguir, poniéndole un crucifijo delante.

El Cuervo, entonces, dirigiéndose al reo, exclamó:

—¿Qué, creías que te iban a dar dulces?

Burguillos celebró la frase.

Miguel, indignado, hizo un gesto de disgusto y de molestia y se separó bruscamente de sus compañeros. Este gesto lo notaron un joven y un viejo, que se acercaron a él en seguida.

—¿Es usted amigo de ese jorobado?—le preguntó el viejo.

—No; vive en la casa donde yo trabajo, pero no tengo nada que ver con él, ni comparto sus sentimientos.

El joven y el viejo le estrecharon efusivamente la mano. Miguel no quiso presenciar la ejecución. El joven y el viejo se unieron a Miguel y subieron calle de Toledo arriba. El joven era alto, flaco, con melenas, y vestía gabán y sombrero de copa; el viejo, más bajo, llevaba sombrero ancho y capa.

Al pasar por un café de la calle Imperial, el joven les invitó a entrar a Miguel y al viejo; pero éste dijo que no, y les llevó a una taberna próxima. Era la taberna del hermano de Balseiro, ladrón que tuvo luego gran fama y que estuvo complicado en el proceso de Candelas.