El joven y el viejo, al encontrarse dentro de la taberna, hablaron con violencia y desfogaron su furor.

El Rey, según el joven, era un miserable, un malvado, un hombre vil, sin corazón, sin conciencia, dominado por una camarilla de lacayos y por los frailes.

El viejo habló de la miserable farsa que suponía el condenar a un hombre a muerte y ponerle una estampa de Cristo en las manos; como si no fueran ellos, los que se decían representantes de Cristo, los que le condenaban. Miguel les oyó con gusto, porque aquellos hombres tenían sus ideas; luego se despidió de ellos para llegar a tiempo al almacén.

Al entrar en la casa oyó contar al Cuervo la ejecución de Miyar, con todos sus detalles, riendo, como si se tratara de una de las cosas más divertidas y chuscas que se pudiera contemplar.

Cuando Miguel habló de esta cuestión vió que todos los de la casa, comenzando por don Tomás y siguiendo por el padre Cecilio, aseguraban que el librero Miyar estaba bien castigado, porque era un hereje y había que hacer un escarmiento con ellos.

Había poca misericordia en aquella casa de la calle de la Misericordia, 2.

Miguel Rocaforte tuvo que disimular sus ideas, con gran desesperación suya. Sabía que don Tomás era carlista, pero no lo creía tan fanático; luego averiguó que había sido administrador del duque del Infantado, y que era por entonces uno de los hombres de más influencia del partido apostólico.

Unos años después contaba Miguel en su Diario, cuando la matanza de frailes, vió al joven y al viejo a quienes había encontrado en la plaza de la Cebada en la ejecución de Miyar aplaudiendo a las turbas en la calle de Toledo, mientras quemaban los muebles sacados de San Isidro y llevaban en un carro los cadáveres de los frailes.

Al principio de llegar a Madrid, Miguel se mezcló en las algaradas callejeras y habló de política con entusiasmo; luego el amor borró estas preocupaciones y le absorbió por completo.

Miguel cometió la torpeza, de que luego se arrepintió, de tomar como confidente de sus amores a su paisano León Zapata y de presentarle a éste a don Plácido, el huésped de Burguillos.