El duende.»
Don Tomás leyó con una terrible indignación estos anónimos. El primero comprendió que partía de alguna de las mujeres de la casa, de la Pepa, o de la Juanita; los otros, pensaba que debían ser de algún amigo de Miguel; pero no podía suponer de quién.
VI.
PREPARATIVOS
Que no quedara contenta
ni lograda mi esperanza
si no vieras la venganza
en donde viste la afrenta.
Guillén de Castro: Las mocedades del Cid.
El Cuervo había tenido siempre gran antipatía por Miguel. Sin duda, la juventud y la fuerza del joven excitaban su envidia.
El Cuervo había asegurado en la casa que Miguel no saldría de la cárcel; cuando le vió que volvía sintió por él un gran odio.
Don Tomás recibió a Miguel con marcada frialdad e hizo que el Cuervo registrara el cuarto y las ropas del joven. Este había dejado las cartas de Soledad y su Diario en manos de Aviraneta, en un paquete atado.
El Cuervo no encontró nada. Don Tomás pareció contentarse; pero el Cuervo insinuó a su amo y, al último, le dijo claramente que no por eso era menos cierto que Soledad se entendía con Miguel.