—Sí.

—¿Qué viste más?

—Vi también que uno de aquellos días, al salir de la iglesia de las Descalzas, pasó por aquí doña Soledad como si fuera a hacer compras, miró a derecha e izquierda y entró en la calle de Peregrinos, donde la esperaba Miguel.

Don Tomás sintió que le sofocaba el ansia de vengarse; no le tenía gran cariño a su mujer, pero consideraba que al querer a Miguel ofendía en su dignidad al hombre que le había sacado de la miseria.

—Está bien—dijo don Tomás.

Para don Tomás la traición de Soledad y de Miguel era una prueba más de la maldad humana, del espíritu envilecido y encanallado de los hombres.

Ante el Cuervo, el amo consideraba que debía tener una actitud indiferente, como si hasta él no pudieran llegar las miserias humanas. Los siguientes días, a pesar de su impasibilidad, don Tomás se estremecía ante la mirada brillante e irónica del jorobado.

Miguel había vuelto a su trabajo y se manifestaba tranquilo y contento; su tío le hablaba poco; Gómez le miraba sonriente; Burguillos le contemplaba con atención, y el Cuervo le dirigía una mirada larga y rencorosa.

Una vez don Tomás y el Cuervo tuvieron una nocturna conferencia. Al día siguiente, por la tarde, era domingo y no había nadie en casa. Amo y criado entraron en el almacén de la fuente con la cabeza de Medusa, y estuvieron allí largo rato.

El almacén era bajo de techo, tenía rejas al patio y en el suelo grandes losas. Entre ellas había dos con hendiduras, como saeteras, que se podían levantar. Las levantó el Cuervo con una palanca y apareció un agujero grande y obscuro. Metió el Cuervo una linterna encendida, colgada de una cuerda, y se vió una oquedad hecha en tierra arenosa, en parte revestida por una bóveda de ladrillo, con arcos medio derrumbados.