Don Tomás y el Cuervo bajaron al subterráneo por una escalera larga, y lo reconocieron. Tenía una profundidad de ocho a diez metros. Estaba completamente cerrado, y no había comunicación alguna con el exterior; la única boca de galería que parecía haber existido en otro tiempo estaba cerrada por una gran piedra de molino. En el centro de esta piedra había un agujero. El Cuervo metió un hierro por él, sospechando si tendría una salida, y sacó trozos de carbón y de huesos.

Después de reconocer el subterráneo y ver que no tenía ninguna comunicación, volvieron amo y criado al almacén e hicieron entre los dos varias y extrañas maniobras. Sirviéndose de la palanca, llevó el Cuervo las dos piedras grandes que cerraban el boquete del suelo a un rincón, y sobre el agujero que quedaba, de un metro en cuadro, puso una esterilla ligera, que lo ocultaba perfectamente, sujeta en los bordes por unas bolas de sal. Delante del boquete colocó una mesa.

El Cuervo tenía imaginación para el mal. Excitaba constantemente a su amo. Don Tomás vacilaba; tan pronto consideraba la venganza como lógica y justa, como la tenía por excesivamente severa.

El Cuervo, que era el espíritu maligno que se cernía sobre el alma de don Tomás, le excitaba, le ponía a la vista la petulancia y la fanfarronería de Miguel.


VII.
EL CRIMEN

Madruga y mata primero.

Calderón: El monstruo de la fortuna.

Después de muchas conferencias con el Cuervo, don Tomás se decidió. Un día le dijo a Miguel:

—Tengo que enviar una persona con una comisión importante para Zaragoza, y de paso para Sigüenza. ¿Quieres ir tú?