—Con mucho gusto.

—Te advierto que es una comisión para los carlistas.

—No me importa.

—Bueno; pues pide un pasaporte y un billete para la diligencia.

Miguel se entusiasmó con la idea de ver pronto a Soledad, y no se le ocurrió la menor sospecha.

Dos días después le avisó a su tío y le dijo:

—Ya tengo todo en regla.

—Tienes que hacer el viaje con el máximo de prudencia. Es conveniente que digas a todo el mundo que te marchas hoy, y no te vayas hasta mañana. Ven esta noche a casa, a las doce; no subas a la habitación, para que no oigan los pasos. Te daré la llave, entras y pasas al almacén de la fuente, donde yo te esperaré.

—Está bien.