—También quiero que te confieses para salir de Madrid y hacer este viaje, que puede estar lleno de peligros.

—Bueno.

Miguel no hizo gran caso de este consejo. Por la noche estuvo en el Café Nuevo, y, poco antes de dar las doce, se acercó a la casa de la calle de la Misericordia. Miguel iba muy embozado en la capa; hacía una noche negra de invierno. El joven empujó el postigo de la puerta, que se abrió sin ruido, y lo volvió a cerrar, pasó el zaguán, abrió la puerta de la mampara de cristales, que comunicaba con el patio, y luego, la del almacén de la fuentecilla.

—¡Adelante!—dijo don Tomás, con voz temblona.

Miguel no había estado nunca en este almacén, en el cual se decía que don Tomás guardaba sus secretos. Vió en un rincón una caja de caudales y sobre una mesa un velón.

—¿Te ha visto alguno entrar en la casa?—preguntó don Tomás.

—Nadie. La noche está muy negra y muy fría.

—¿Estás preparado?

—Sí.