—¿Ya te confesaste?
—Sí.
—Bueno.
Don Tomás, dando una larga vuelta, se acercó a la mesa, de manera que la luz no le diera en el rostro. Así no podía verse el aire siniestro y alterado de su fisonomía.
—Dale esta carta a Soledad cuando llegues a Sigüenza—dijo—, y lleva este paquete a Zaragoza. En el papel está la dirección.
Miguel avanzó despacio hacia la mesa.
Don Tomás le contempló con una mirada anhelante.
—¿Por qué me mira así?—se preguntó Miguel.
—Si se salva—pensó, a su vez, don Tomás—, Dios lo habrá querido.
Miguel dió varios pasos y se aproximó a la mesa. De pronto se oyó que la esterilla se hundía, arrastrando las bolas de sal que la sujetaban, y el joven desapareció.