En el momento mismo, el Cuervo saltó por entre dos filas de sacos, y apareció en medio del almacén.

Don Tomás se asomó al agujero y oyó un gemido ahogado de dolor.

El Cuervo, armado de la palanca, arrastró con brío, una tras otra, las dos grandes losas y cerró el boquete del suelo.

—Ya no se oye nada—dijo, temblando, don Tomás.

—Habrá muerto con el golpe—repuso el Cuervo.

Don Tomás se dejó caer sobre una silla con el aire de un hombre extenuado. El Cuervo comenzó a hacer una gran pirámide de bolas de sal sobre las losas que ocultaban el agujero por donde se había cometido el crimen.

Acabada la obra, los cómplices se miraron uno a otro. En el Cuervo había una expresión de crueldad y de satisfacción. En don Tomás, una mezcla de horror y de espanto. Los dos salieron del almacén al patio, y luego, al portal. El Cuervo entró en su covacha y don Tomás subió las escaleras hasta su cuarto.

Quince días después volvió Soledad a Madrid, sin haber mejorado de su mal. No se atrevía a hacer ninguna pregunta. Su marido, indiferente e impasible, nada le dijo. Así vivieron marido y mujer meses y meses. Nadie tuvo la menor sospecha en la casa. El Cuervo siguió trabajando en su portal.


Dos años después, un día en que Soledad rezaba en la iglesia de las Descalzas, le dió un desmayo y cayó al suelo. La llevaron a casa y llamaron al médico, y después a don Bernardo, el capellán. Don Bernardo pasó largo tiempo con la enferma, que a cada instante decía en voz baja: «¡Miguel! ¡Miguel!» Unas horas después, Soledad había muerto.