Una parte estaba dedicada a cárcel de mujeres, y muchas de éstas tenían sus hijos pequeños con ellas. Era muy difícil darse cuenta clara de la topografía de la cárcel, porque todo el edificio se hallaba dividido con tabiques, que formaban rincones y pasillos, y en aquellos recovecos se desorientaba uno en seguida.
En la cárcel había mucha más gente que la que buenamente cabía en ella; faltaba luz y ventilación, y, sobre todo en el verano, no se podía respirar por el mal olor. Cuando entraban los magistrados de la Audiencia solían quemar incienso y plantas aromáticas.
Los pobres lo pasaban horriblemente; muchos no tenían ropas ni mantas, y dormían en pleno invierno sobre el suelo, de piedra. Los alcaides solían arrendar los distintos servicios a pequeños industriales, que explotaban a los presos de una manera miserable.
El día de Jueves Santo se asomaban los presos a las rejas que daban a la plaza de Santa Cruz, y pedían limosna a los transeúntes, gimoteando y haciendo sonar sus cadenas.
El domingo y los días de fiesta los ladrones se exhibían en los patios de la cárcel y se daban tono. Había cantos, guitarreo y a veces riñas, en las cuales salían a relucir navajas y estoques.
Los empleados de la cárcel eran: un alcaide, un capellán, tres porteros, seis demandaderos, una demandadera, un llavero, un escribiente, un enfermero, un cocinero, un mayordomo, un médico y un cirujano. Los cuartos costaban: los de primera, siete reales al día; los de segunda, cuatro, y los de tercera, dos. La sección de políticos era más limpia y más cuidada que el resto. Yo tenía un cuarto bastante regular, con una mesa, una cama y una butaca. A los pies de la cama ponía cuatro cacharritos llenos de agua para que no subieran las chinches, porque a estos huéspedes no había manera de exterminarlos.
Al principio no quisieron dejarme tener libros, ni papel, ni tinta; pero luego, sí.
En los primeros días de cárcel, el alcaide me vigilaba de una manera molesta; no me permitía hablar con nadie sin estar él delante. Me trataba con gran consideración y me decía que no hacía mas que cumplir con su deber.
Don Paco, el alcaide, era uno de los mayores bribones de España: robaba a los presos y los explotaba de una manera inicua. Eso sí, lo hacía todo con una gran finura: no se le oía jamás un insulto o una palabra soez.