Don Paco había sido lego en un convento y tambor de una partida realista.
Era el tal don Paco, por entonces, hombre de unos cuarenta años, muy alto, muy encorvado, muy flaco, un verdadero espectro. Tenía la nariz aguileña, los dientes muy blancos, los ojos negrísimos, de extraña expresión; la piel obscura, y el pelo, como decían los autores románticos, del color del ala del cuervo. Iba siempre muy pulcro, muy bien afeitado, y tenía la costumbre de restregarse las manos haciendo un ruido como de huesos.
Su vigilancia sonriente me llegó a exasperar.
Al principio, iracundo por verme tan vigilado, para encontrarme solo comencé a no salir de mi calabozo.
Con aquella vida sedentaria y la humedad del cuarto se me exacerbaron los dolores reumáticos y tuve que guardar cama. El médico me visitó, y dijo que era indispensable para mí el hacer ejercicio, pues si no mi enfermedad se agravaría. Esta prescripción facultativa me obligó a salir al patio con frecuencia, y a dar vueltas y más vueltas, y a conocer a los detenidos.
La mayoría de los presos políticos de la Cárcel de Corte eran furibundos realistas; había también algunos liberales, sospechosos de haber tomado parte en la matanza de frailes. Los realistas eran casi todos de fuera de Madrid: curas, frailes, abogados, guerrilleros de la Mancha llevados a la corte para declarar en procesos de conspiración.
La sección de políticos rebosaba, y su personal era el más extraño y heterogéneo: había allí, desde carbonarios hasta absolutistas rabiosos; desde apóstoles hasta asesinos.
Por ser los carlistas presos gente de más fuste que los liberales, y por tener la protección decidida del alcaide y de los principales celadores, los absolutistas disfrutaban en la Cárcel de Corte de preeminencias y de ventajas que no disfrutábamos los demás.
El abogado carlista Selva, y algunos frailes amigos suyos, llevaban allí la voz cantante y dirigían y mandaban no sólo en el patio de los políticos, sino también en el de los detenidos por delitos comunes. En éstos se verificó una división parecida a la de los políticos, y hubo un grupo liberal y otro carlista, con sus pasiones, sus odios, su intolerancia y su fanatismo. Unos cuantos carlistas valencianos, capitaneados por un arriero, llamado el Roch, y por un esterero de Crevillente, apodado el Tate, entraron por instigación de los frailes y de Selva en el segundo patio, con el asentimiento del alcaide don Paco, y se dedicaron a hacer prosélitos.
Mis dos ayudantes en la cárcel eran Román, el hijo del librero de viejo de la calle de la Paz, y Gasparito, un zapatero remendón, hombre de muy buen sentido.