Además de estos dos tenía como compañeros y correligionarios al Mingo y al señor Bruno, que eran albañiles; al Mulato, que era albeitar, y al Sanguijuelero, que tenía esta profesión unida a la de sangrador y la de herbolario. Todos estos habían sido detenidos durante la matanza de frailes por excitaciones al pueblo.

Entre los carlistas presos, la mayoría eran campesinos, y tenían, en general, buen aspecto.

Había gran diferencia entre los carlistas, casi todos del campo, y los revolucionarios madrileños. Eran mejores tipos aquéllos, más fuertes, más nobles, más enteros; daban una impresión de mayor energía.

—Hoy lo mejor del pueblo es carlista—pensaba yo—; pero dentro de cincuenta años no pasará lo mismo.

Había también gran diferencia entre los presos políticos y los ladrones. Sólo a primera vista, por su aspecto, podían distinguirse los unos de los otros; los políticos tenían un aire más recogido, más ensimismado; los otros alardeaban de la fanfarronería y del cinismo que caracterizan a los criminales de profesión. Como estábamos los liberales en minoría, yo pensé que me convendría frecuentar el patio de los presos de delitos comunes para hacer prosélitos.

Un día encontré en la cárcel al célebre ladrón Candelas, a quien conocía y había tenido como agente de la Isabelina. Reconocimos ambos que estábamos metidos en un callejón sin salida. Candelas abrigaba la esperanza de escaparse. Me propuso un plan de fuga, pero no tenía condiciones para llevarlo a la práctica.

El alcaide, que vió que charlábamos Candelas y yo, no sospechó que pudiéramos conocernos de antemano; Candelas me indicó que me dirigiera a Francisco Villena (Paco el Sastre), por ser éste amigo suyo y hombre de recursos; y, efectivamente, me vi con él y conseguí que él intrigara en el patio de presos de delitos comunes para impedir que los absolutistas se hicieran dueños de la cárcel.

Poco después Candelas fué trasladado a otra prisión.


IV.
El PADRE ANSELMO