Feliz el que nunca ha visto más río que el de su patria, y duerme, anciano, a la sombra do pequeñuelo jugaba.
Alberto Lista: Entre las cimas del Alpe.
Entre los clérigos y frailes que estaban en la cárcel había un cura de pueblo, viejo, sordo, de sotana raída, que se llamaba don Anselmo Adelantado. Yo, al principio de conocerle, desconfié de él; se me acercaba, me saludaba y me mareaba a preguntas.
Yo pensé: éste es un espía, un echadizo. Y, naturalmente, con esa idea le daba informes falsos.
Luego empecé a sospechar que el padre Anselmo era un simple, un pobre de espíritu; sus compañeros y correligionarios presos le daban siempre de lado.
Cuando intimé más con él me convencí de que el padre Anselmo era un hombre de esos de espíritu angelical que pasan por la vida sin enterarse de las miserias de la Humanidad.
El padre Anselmo era un hombre sin ninguna malicia, y, a pesar de esto, se creía muy malicioso. Tomaba al pie de la letra todo lo que le decían.
Era de un pueblo próximo a Molina de Aragón.
Su historia se podría contar en pocas palabras. Le habían hecho cura, le habían nombrado párroco de un pueblo y había estado allí cuarenta años viviendo, primero con una hermana y luego con una sobrina. Al comenzar la guerra, los carlistas le habían hablado de que era indispensable que él les favoreciese y se pusiera de su lado; y como él estaba convencido de que los liberales tenían pacto con el demonio y de que la Reina Cristina era una masona, había ofrecido su concurso. Luego le habían denunciado y le habían traído a Madrid, a la Cárcel de Corte.