El padre Adelantado era un hombre de más de sesenta años, con una cara tosca y terrosa; la boca grande, las cejas, como pinceles blancos, caídas sobre los ojos, y las manos cuadradas y fuertes. Tenía una manera de hablar un poco ruda, entre castellana y aragonesa. Usaba en la cárcel una sotanilla raída, de color de ala de mosca, y un bonete.
Tenía una sotana nueva y un manteo, que guardaba en su maleta, que le parecían a él el colmo del lujo.
Las observaciones del padre Anselmo me regocijaban lo indecible.
Una vez había dos mujeronas de la vida airada en el locutorio esperando a alguno.
—¡Pobres muchachas!—dijo el padre Anselmo—; habrán venido a ver a sus padres o quizá a sus novios.
—Sí, seguramente.
Yo, cuando le oía alguna de estas cosas, hacía un gesto para no echarme a reír, y él se reía también, porque decía que, aunque cura, era muy malicioso.
Al padre Anselmo le gustaba fumar y yo le daba cigarros; pero él no quería.
—Un cigarrito, bien; pero nada más. Ya sería vicio.
Un día, después de muchas vacilaciones, me dijo: