Había por entonces en el pueblo una casa pequeña y ruinosa que casi siempre estaba cerrada. Sólo al anochecer solía abrirse para el paso de algunas personas. Si se entraba en el estrecho zaguán y se subía al único piso, se encontraba primero una sala pintada de negro, con un ventanillo enrejado que daba a la calle. En medio de la sala había un féretro, cubierto de paño negro, con cuatro cirios apagados. Este cuarto se comunicaba por una puerta estrecha con una capilla obscura y sin luz. La capilla tenía en medio un altar, con un Nazareno coronado de espinas y lleno de sangre, y alrededor, unos armarios de sacristía, y encima de los armarios, varias calaveras y varias disciplinas. En la pared había un marco con un papel, en donde se leía una lista de nombres.
Esta casa pequeña con su cuarto fúnebre y su capilla constituía la Escuela de Cristo. Formaban parte de ella varias personas religiosas cuyos nombres constaban en el cuadro de la pared. De noche entraban allí diez o doce hombres a hacer penitencia, y después de rezar delante del féretro, cubierto de paño negro, iban pasando uno detrás de otro a la capilla, y allí se cubrían con una capucha.
Cuando estaban todos reunidos y en círculo delante del altar, se apagaban las luces y se ponía en el suelo un gran farol de hoja de lata, sin cristales, que tenía unos agujeros por los cuales pasaban tenues raros de luz. Entonces uno se destacaba, se desnudaba y se colocaba en medio del círculo de los encapuchados; luego tomaba una calavera en la mano izquierda y las disciplinas en la derecha, y comenzaba a azotarse, mientras el siniestro coro rezaba en voz alta.
Don Tomás pertenecía a la Escuela de Cristo, se disciplinaba, usaba cilicios, y en su casa rezaba tirado en el suelo cuan largo era y dando grandes alaridos. Aquel último gemido de Miguel al caer al subterráneo lo oía en su cerebro a cada paso; el suspiro del viento, el toque de una campana, el chirriar de una lechuza, el ruido de una ventana movida por una ráfaga del cierzo, todo rumor de la tierra o del aire le recordaba la queja postrera del joven muerto por él.
Muchas veces hubiera preferido perder la razón definitivamente, que no vivir de una manera tan miserable y triste.
IX.
EL FANTASMA
Ya oigo la voz del terror que se levanta en mi corazón.
Esquilo: Las Coéforas.
Poco después de la guerra civil se habló en Lerma de que en la Plaza aparecían fantasmas a media noche. Algunos los habían visto claramente. Los serenos, por más que vigilaban, no podían dar con ellos. No se sabía si eran duendes, espectros o almas en pena; pero se aseguraba que uno de estos fantasmas tenía una mano de plomo y otra de estopa, y que gozaba del poder de avisar la próxima muerte al que había de morir.