Al parecer, algunos serenos no sentían gran interés en encontrarse con aquellos seres misteriosos, porque cuando les decían que andaban por un lado, iban por el opuesto; otros más decididos y valientes llevaban una pistola y un garrote, y afirmaban que no se les escaparían los fantasmas sin un estacazo o sin un tiro.
Don Tomás había oído hablar de estas apariciones, considerándolas como chiquilladas, sin darles más importancia. Una noche en que el viejo, después de rezar sus oraciones, se dirigía a la cama, oyó en la calle pasos quedos. Desde hacía algún tiempo, don Tomás tenía un oído de enfermo. Escuchó las pisadas de lejos y abrió un ventanillo de su alcoba. Vió una cosa blanca que se acercaba por la acera de enfrente. Era el fantasma.
Don Tomás, maravillado y confundido, quedó en el ventanillo, y, trastornado, preguntó:
—¿Quién eres? ¿Qué deseas?
Entonces el fantasma, con voz sepulcral, dijo:
—¡Asesino! Yo soy el alma de Miguel Rocaforte, condenada por tu culpa.
Don Tomás se retiró de la ventana temblando y se tiró en el suelo a rezar. Al día siguiente lo encontraron desmayado, moribundo; lo llevaron a la cama y ya no volvió a levantarse.
Unos días después, los serenos cogieron a uno de los fantasmas, que resultó un sargento de milicianos nacionales que tenía amores con la mujer de un tendero de la plaza.
El otro fantasma, a quien no lograron coger, se supo que era León Zapata, el compañero de Miguel Rocaforte.