Madrid, diciembre, 1920.


ADÁN EN EL INFIERNO

I.
ADÁN

No se gana nada violentando a la sensibilidad en sus inclinaciones; es preciso engañarla y, como dice Swift, divertir la ballena con una barrica para salvar el barco.

Kant: Antropología.

En la época de la matanza de frailes, cuando fueron ingresando en la Cárcel de Corte una porción de gente cogida en las calles de Madrid, llevaron a ella a un muchacho joven, guapo, recién venido de un pueblo de la Alcarria, Andrés Lafuente.

Este alcarreño vino con Román, el hijo del librero de la calle de la Paz, y con un zapatero joven llamado Gaspar, a quien todos conocían por Gasparito y de quien te hablé antes.

A aquel muchacho alcarreño se le consideraba como un mozo ingenuo e inocente, y se le compadecía por haber caído en el infierno de la cárcel.

El poeta Espronceda, en los pocos días que estuvo en la cárcel, le llamaba Adán, y probablemente pensando en él ideó el personaje de su poema el Diablo mundo, que debía publicar unos años más tarde; Andrés (alias Adán) era un muchacho fuerte, guapo, muy lúcido y muy inocente. Gasparito el zapatero se constituyó en uno de sus defensores.