A pesar de las ilusiones de Gasparito, yo veía claramente que el Fortuna y su grupo ganaban la partida. Adán tomaba un aire hipócrita delante de mí; pero, por lo que me dijeron los del segundo patio, el muchacho andaba con el Fortuna, con Doña Paquita y con algunas mujeres del otro departamento, jugaba a las cartas, fumaba, se había tatuado los brazos y comenzaba a matonear.

El día de Carnaval de 1835, el Fortuna y los de su cuadrilla tuvieron una comida espléndida, con pollos, un cochinillo asado y vino de Valdepeñas.

Habían metido mucho aguardiente de contrabando y convidaron a todos los amigos.

La gente se emborrachó, y se pidió al alcaide permiso para disfrazarse.

Entramos Gasparito, Román, el padre Anselmo y yo en el segundo patio a presenciar la fiesta. Se reunió con nosotros el Pinturas joven y dimos una vuelta por la Gallinería y llegamos hasta el último patio.

En esto, disfrazados de mujer, vimos a Doña Paquita, que venía en medio de Adán y del Fortuna, agarrado a los dos del brazo. Habían bebido de más y gritaban como locos.

El Fortuna abrazaba a Adán, y se puso a hacer ademanes obscenos.

Gasparito volvió la cabeza con un ademán de disgusto y nos alejamos del grupo que formaban los tres borrachos; pero el Fortuna quiso mostrar más su conquista y se presentó de nuevo frente a nosotros con Adán y con Doña Paquita.

—¿Vienes, hermoso?—le dijo a Gasparito con una risa cínica y un contoneo repugnante—. ¿Cuál de las tres te gusta más?

Gasparito, incomodado, viendo que el guapo se le echaba encima, le dió un empujón y lo tiró rodando al suelo.