Yo vi que se nos venía la tormenta encima, y, agarrándole a Gaspar por el brazo, le empujé hacia la salida del patio; pero había mucha gente y Gaspar no quería salir rápidamente, quizá para que no se creyera que tenía miedo.

El Fortuna había desaparecido. Ya estábamos a la salida del patio cuando el matón se presentó con una navaja, oculta en la manga, y se lanzó sobre Gasparito como un toro; Gasparito tuvo tiempo de escapar a la acometida dando un salto rápido para atrás. Román, el hijo del librero, agarró al matón del borde de la chaqueta, y Gasparito, con gran valor, le arrancó la navaja de las manos.

El Fortuna, loco, enfurecido, le mordió en el brazo izquierdo. Entonces, Gasparito, en un momento de terrible furia, empuñó la navaja con toda su fuerza y dió tal navajada al matón en el vientre, que el Fortuna dió un grito de becerro que matan, y cayó al suelo. Yo vi brillar la hoja de la navaja como un relámpago y desaparecer en el vientre del matón. Le salían las entrañas por la herida y se iba desangrando rápidamente.

—¡Socorro! ¡Socorro!—gritó—. Me ha matado.

A los gritos vinieron el alcaide y los cabos de vara, prendieron a Gasparito y llevaron al matón a la enfermería, el cual falleció poco después, asistido por el padre Anselmo.

—¡A quién se le ocurre matar a la Fortuna!—dijo el Pinturas con indiferencia.

Gaspar pasó unos días en el calabozo y tuvo un proceso. Yo declaré a su favor; Pérez de Bustamente, en contra, y el tribunal le condenó al zapatero a una pena ínfima.

Años después le vi en su tienda y le pregunté:

—¿Se acuerda usted de la Cárcel de Corte?

—No, don Eugenio; ¿y usted?