Una mañana de agosto se presentaron en la Cárcel de Corte el capitán Ríos, ayo de los hijos del conde de Parcent, con otro oficial de la Milicia Urbana, de paisano. El alcaide me dejaba gran libertad y me permitió hablar con ellos largamente.
Los dos oficiales venían nada menos que a pedirme un Plan de sublevación, hecho a base de la Milicia Urbana.
—Señores—les dije yo—, no creo, claro es, que ustedes hayan venido aquí a tenderme un lazo, ni mucho menos; pero ustedes pueden muy bien engañarse respecto al espíritu del pueblo y de la Milicia, y yo, antes de idear un plan y de ser responsable de él, quisiera cerciorarme de lo que ustedes dicen.
Ríos me contestó que traerían una carta de tres comandantes de la Milicia Urbana corroborando lo que decían ellos, y que vendría al día siguiente un agente de Bolsa amigo mío llamado Robles. Vino Ríos con la carta y con Robles, y hablamos.
Robles me dijo que reinaba, efectivamente, gran descontento en el pueblo liberal; que las noticias de la guerra eran malas; que se acusaba al Gobierno de inactivo; que la Corte en la Granja se dedicaba a divertirse, y que todo el mundo decía que tenía que venir un cambio en la política. Era una época en la que había entusiasmo y fe en las nuevas ideas, entusiasmo y fe que luego han ido decayendo.
Ríos añadió que estaba todo preparado para un pronunciamiento de la Milicia; que el pueblo secundaría el movimiento, y que Andrés Borrego había visitado al general Quesada, y que éste daba su palabra de que la Guardia Real no atacaría a los sublevados.
—¿Cómo puede asegurar esto Quesada?—pregunté yo—. El está de reemplazo.
—Sí; pero tiene de su parte toda la oficialidad de la Guardia Real.
—¿Han pactado algo Borrego y Quesada?
—No.