—¿Está usted seguro?

—Sí.

Luego se supo que Borrego había conferenciado con Quesada y con dos jefes de la Guardia Real, el general Soria y el conde de Cleonart. En esta conferencia, que yo no conocía, se había pactado que la Milicia Urbana haría una manifestación. Borrego y Olózaga escribirían una petición a la Reina, firmada por los cuatro jefes de la Milicia Urbana, y, presentada la petición, la Milicia dejaría las armas.

Si yo hubiera sabido que Quesada estaba en el ajo, no entro en la combinación.

Quesada era un militar ordenancista, bárbaro e incomprensivo. Era muy valiente y de costumbres rudas, arrebatado, ajeno a todo miramiento; decía que no sabía mas que mandar y obedecer, declaración que basta para juzgar cualquiera. Muy duro en el mando, muy destemplado en el lenguaje, a pesar de creerse muy fijo en sus ideas, era completamente voluble.

Muchas veces dijo, refiriéndose a los liberales: «He de ser peor que Atila con esa canalla».

Un hombre como Quesada, que tenía por norma el no razonar, no podía ser hombre de ideas; así se le vió figurar en una época con los absolutistas, después hacerse masón, sentirse medio liberal y, al mismo tiempo, enemigo de la Constitución. Para él todas estas volubilidades e inconsecuencias se velaban con la disciplina.

Sólo a Borrego, a Espronceda y a González Brabo, gente que quería medrar sin esfuerzo, se les pudo ocurrir apoyarse en un hombre como Quesada.