Como decía la otra noche, a los quince o veinte días de estar en la cárcel tuve que guardar cama una temporada, porque se me exacerbaron los dolores reumáticos.
Después se me permitió andar por la cárcel y entrar en el segundo patio, en donde se hallaban los presos de delitos comunes.
Hacía dos meses que estaba en la cárcel cuando conocí a un nuevo preso, de aspecto extraño.
Acababa de entrar. Era un muchacho joven, sombrío, moreno, de ojos negros, cabello largo, a la moda de la época, y aire reconcentrado y fuerte. Pasó por el primer patio vigilado por dos alguaciles. Subieron los tres a una oficina donde se tomaba la filiación a los detenidos.
En la mesa había un empleado escribiendo, un hombre con el pelo rizado y la mano llena de anillos.
Los alguaciles le hablaron en voz baja y le entregaron unos papeles, que el escribiente leyó con gran indiferencia.
—Ahora viene don Paco—dijo uno de los alguaciles.
Don Paco era el alcaide. Efectivamente, llegó, tomó los papeles que había traído el alguacil y los leyó con atención.
El alcaide interrogó al preso con una voz amable y una dulce sonrisa que, para el que sabía cómo las gastaba aquel hombre, no eran nada tranquilizadoras.
—Soy inocente—dijo el joven con aire dramático—. No tengo más dinero que el que he ganado con mi trabajo.