El alcaide sonrió, porque consideraba como algo lógico y natural que todo preso suyo y aun toda persona que tuviese que ver con él fuera un perfecto granuja.
—Si ha guardado usted el dinero en alguna parte yo no pretendo que me lo diga usted. Aquí sabemos también ser caballeros.
—Afirmo que soy inocente—replicó el joven.
El alcaide explicó a su nuevo huésped el precio de los cuartos que se alquilaban en la cárcel y las diferencias que había entre las distintas clases.
—Venga usted, caballero—le dijo después—; permita usted que le acompañe. Puede usted tranquilizarse.
—No necesito tranquilizarme. Estoy tranquilo.
—Quiero decir—repuso el alcaide—que aquí nadie le quiere mal. Le voy a llevar a su cuarto.
El joven preso siguió al alcaide hasta el fin de un corredor; un carcelero descorrió el cerrojo de una puerta maciza, al lado de la cual se veían dos mozos con un cabo de vara de aire siniestro.
Recorrieron otro corredor, salieron al segundo patio, y el alcaide mandó abrir la puerta de un cuchitril obscuro, bajo de techo y con un banco de madera.