—Aquí tiene usted su cuarto. Puede usted pedir a su casa unas mantas para dormir. Si quiere usted le pueden traer una cama, una mesa y una silla.
—Está bien—dijo el joven; y se sentó en el banco con un aire entre resuelto y desesperado.
Los carceleros cerraron llaves y cerrojos, y el joven se quedó allí dentro.
III.
MIGUEL ROCAFORTE
Por ser muy propio de enfermos no durar mucho en un estado, tomando por remedio las mudanzas.
Séneca: De la tranquilidad del ánimo.
Al día siguiente, en compañía del padre Anselmo fuí al segundo patio para ver qué hacía el nuevo detenido, que me había llamado la atención. Su tipo y la expresión de su rostro me indujeron a creer en su inocencia.
Nos acercamos a él a hablarle. El muchacho estaba asqueado de encontrarse entre aquella canalla; pero no tenía miedo, porque a uno de los raterillos que había querido robarle le había pegado un puntapié, lo que hizo que los demás le miraran con cierto respeto.
Este muchacho era de Lerma, y se llamaba Miguel Rocaforte. Sus padres tenían una buena hacienda; yo recordaba haberlos conocido y haber estado en su casa con el Empecinado.