Miguel estudió en el Seminario tres años; luego perdió la vocación; quiso ser militar y su padre le envió a Madrid a casa de un primo suyo, dueño de un almacén de sal de la calle de la Misericordia.
Miguel llevaba cuatro años en la corte.
Estaba en la cárcel porque le acusaban de haber robado cinco mil duros a un señor en un gabinete de lectura de la Carrera de San Jerónimo, cosa que era falsa, completamente falsa, según afirmó.
Le dije que me explicara el caso con detalles para darme cuenta del motivo por el cual podía haber provenido el error.
—Yo suelo ir muchos domingos a la librería que tiene don Casimiro Monnier en la Carrera de San Jerónimo—me dijo—. Estoy estudiando francés e inglés con un profesor de idiomas que se llama Brandon, y éste me ha indicado que para perfeccionarme en la traducción lea periódicos. La otra tarde, acompañado de mi principal, estuve en el gabinete de lectura leyendo periódicos, y, de pronto, uno de los abonados se lamentó de que le habían quitado la cartera del gabán. Yo me marché a mi casa, y ayer, por la mañana, al ir al almacén donde trabajo, me prendieron y me trajeron aquí, a la cárcel.
El caso me pareció bastante extraño. Le pedí detalles aclaratorios al joven; pero éste no esclarecía los hechos ni protestaba, y parecía dispuesto a aceptar su suerte con un estoico fatalismo.
Días después, en una larga conversación con Miguel, le interrogué de nuevo. ¿No tenía enemigos? ¿Alguna mujer o algún hombre que le quisiera mal? El joven se envolvía en obscuridades; estaba envenenado con las ideas de la época, que por entonces comenzaban a llamarse románticas.
A los cinco o seis días apareció en el locutorio de la cárcel el inglés profesor de idiomas amigo de Miguel. Habló conmigo: me dijo que el muchacho era un exaltado de ideas absurdas, pero absolutamente incapaz de robar a nadie. Sin embargo, en la conducta observada por el joven Rocaforte encontraba él algo misterioso.
El profesor Brandon había presenciado la escena en la librería.