—¿Qué pasó?—le pregunté yo—. Porque él no me lo ha contado con detalles.
—Pues sucedió lo siguiente—dijo Brandon—: un capitán, llamado Sánchez Castelo, estaba aquel día en el gabinete de lectura de Monnier, y al salir a la calle notó que le faltaba la cartera del gabán. El dueño del gabinete, para demostrar que ninguno de sus abonados era capaz de sustraer nada a nadie, invitó a éstos a que se dejaran registrar; todos aceptaron la proposición, más o menos a regañadientes; pero Miguel se negó con violencia a este registro; y poniéndose la mano en el pecho, como para impedir que nadie pudiera intentar reconocer el bolsillo interior de su americana, dijo que a él no le tocaba nadie, y que sólo delante del juez se dejaría registrar.
—¡Ah! ¿Pasó eso? De aquí que hubiesen tomado cuerpo las sospechas de la policía.
—Claro.
—A pesar de esto, ¿usted le cree a Miguel inocente?—le pregunté a Brandon.
—Sí, sí. Completamente inocente.
—¿Y por qué cree usted que se negara con tanta violencia al registro? ¿Por baladronada? ¿Por tomar una actitud?
—¡Qué sé yo! Quizá Miguel llevaba algo en el bolsillo que no quería que viese su principal, algún papel político. El principal es un absolutista...
—No me parece que sea eso.