—Lo ha descubierto Chico, a quien parece que van a hacer jefe de la ronda de Seguridad.

El inspector Luna, con el hermano de Macías, fué a casa de don Francisco Chico y le contó el asunto con todos los detalles.

—Ya veré si averiguo lo que hay en el fondo de esa cuestión—les dijo Chico—; vengan ustedes dentro de tres o cuatro días.

A la salida de casa de Chico dió la casualidad de que Macías y Luna se encontraron con Mauricio Castelo. Castelo oyó, con visible malhumor, la noticia de que habían consultado el asunto con Chico, y de pronto dijo al inspector Luna que toda la gente que formaba parte de la policía era una canalla, en connivencia con los ladrones, y que llevaba parte en los robos que se consumaban en Madrid. Luna, que era hombre prudente, no replicó a Castelo. Al parecer, tenía motivos para no reñir con él; pues el inspector le debía algún dinero al militar y no había podido pagárselo.

Tres días después Luna fué a casa de García Chico. Chico, al verle, sonrió con una sonrisa de tigre.

—¿Ha averiguado usted algo?—le preguntó Luna.

—Lo he averiguado todo.

—¿Qué ha ocurrido?

—Ha ocurrido que el tal robo ha sido, sencillamente, una simulación.

—¿Macías no le ha entregado ese dinero a Castelo?