Chico se las arregló para enterarse de quiénes jugaban en el círculo las noches en que Castelo puso la banca, y averiguó que estaban, entre otros, el comandante Las Heras, el teniente Zamora y el capitán Soto. Fué a ver a estos militares y ellos le dieron toda clase de informes.
En la primera noche, Castelo perdió dos mil pesetas; en la segunda, tres mil, y en la tercera, diez mil. Había muchos puntos esta última noche en el círculo. Castelo, que bebía mientras jugaba, al perder las últimas pesetas comenzó a decir, a voz en grito, que le habían hecho trampa y que le tenían que devolver su dinero. En su desesperación acusó al teniente Zamora y al capitán Soto de haberle engañado, y sacó una pistola del bolsillo para amenazarles; pero el comandante Las Heras le arrancó la pistola de la mano y le obligó a salir a la calle.
Su campaña en la timba, donde dejó el resto del dinero, fué más lamentable aún.
Castelo había ido al garito en compañía del capitán Escalante, para que éste vigilara las jugadas; había hablado con dos ganchos de la chirlata, que le aseguraron que todo se hacía allí con la mayor corrección.
La timba estaba en la calle de la Fresa, y era conocida, entre los puntos, con el nombre de la tertulia de la Sorda o de la Garduña.
Esta tertulia se hallaba establecida en el piso principal de una casa pequeña, con un zaguán angosto y sucio, maloliente y tan lleno de basura, sobre todo líquida, que ni con zancos podía atravesarse. De este zaguán subía una escalera de trabuco, y, en el primer rellano, dos hombres de guardia, embozados en la capa, escondían, bajo ella, sendos garrotes.
Se cruzaba un vestíbulo estrecho, con una mesa, en donde solía estar sentado el conserje; luego, un pasillo con un colgador lleno de capas, mantas y bufandas, y se desembocaba en una sala irregular y mugrienta, tapizada de papel amarillo, con dos mesas de juego, con su tapete verde, separadas por una mampara, y en el techo, unas lámparas de aceite. Un vaho de humo de tabaco y de aguardiente solía haber allí de continuo.
Castelo puso la banca de cinco mil pesetas. Había, al poco rato, mucho dinero en la mesa. A pesar de que la mayoría de los puntos eran tahúres y de que intentaban levantar muertos y hacer mil trampas, Castelo ganaba con una suerte loca, e iba resarciéndose de las pérdidas del círculo de la Carrera de San Jerónimo. Tenía el banquero un montón de billetes, de monedas de oro y de plata delante, cuando entraron varios hombres capitaneados por un escapado de presidio a quien llamaban Seisdedos, y por un matón apodado el Largo. Aquellos hombres venían embozados hasta los ojos, y uno de ellos, con la cara tiznada. Seisdedos sacó un trabuco debajo del embozo de la capa, y los demás desenvainaron el bastón de estoque. Seisdedos, dando con el trabuco sobre la mesa, gritó con voz terrible.
—¡Copo! Que nadie toque este dinero si no quiere verse muerto.