—Seguramente.
—Pues yo le citaré a Castelo y liquidaremos esa cuestión.
El día señalado llegaron Chico, Macías, Las Heras, Zamora y Soto al despacho del inspector de policía; y Luna les invitó a pasar a un cuarto próximo. Poco después apareció Castelo. Luna le saludó amablemente y le hizo sentarse en un sillón frente a su mesa.
—A ver cuándo me paga usted ese dinero—dijo Castelo de malhumor.
—Le pagaré a usted en seguida que pueda, como ya le he dicho.
—Bueno, pero que no sea muy tarde. ¿Y del robo, qué hay?
—He estudiado el caso—dijo Luna—, y creo que lo mejor sería echar tierra al asunto.
—Hombre, ¿y por qué?
—Voy convenciéndome, cada vez más, de que ese joven a quien hemos llevado a la cárcel es completamente inocente.
—¿Usted sabe que ese joven es inocente?—replicó Castelo con cierto sarcasmo.