—Y usted también.
—¿Y entonces quién es el culpable?
—Es que es muy posible que en este caso no haya culpable—repuso Luna.
—¿Qué me quiere usted decir con eso?—exclamó Castelo—. ¿Es que puede haber robo sin que haya ladrón?
—No; pero cuando no hay robo, no hay ladrón.
—Yo sabía que los policías estaban de acuerdo con los ladrones—replicó Castelo con furor—; pero nunca había llegado a oír cosa tan peregrina como ésta.
—¿Así que usted sigue afirmando que nosotros tenemos complicidad con los ladrones?
—Sí; lo afirmo y lo afirmaré siempre.
—Puesto que usted lo toma de ese modo—dijo Luna—, le voy a demostrar que está usted completamente equivocado. He estudiado el asunto, y estoy convencido de que el robo de los cinco mil duros en la librería de Monnier es una superchería inventada por usted. Ese dinero no se lo han robado a usted del gabán, como usted ha afirmado; ese dinero se lo ha jugado usted en un círculo de la Carrera de San Jerónimo y en un garito de la calle de la Fresa. Parte de él se lo ha entregado usted a una mujer.