Entraron en el despacho Chico, Macías, Las Heras, Zamora y Soto. Castelo, al verlos, quedó anonadado, se puso lívido, y comenzó a agitarse en la silla y a morderse los labios.

—Estoy descubierto—murmuró.

—Veo que la presencia de estos señores basta para confundirle a usted—le dijo Luna.

—No me queda más recurso que pegarme un tiro—exclamó Castelo, con acento dramático.

—¡Bueno, tú, nada de farsas!—le dijo Chico con dureza—. Aquí nadie quiere que te pegues un tiro. Reconoce la deuda, haz que a ese muchacho que han preso por tu culpa le dejen libre, paga a Macías, poco a poco, y no se te pide más.

Castelo bajó el tono y, de una manera un tanto servil, pidió a Luna que olvidara si le había dicho algo ofensivo. Luego, por consejo de Chico, quedaron todos de acuerdo en que Castelo escribiera un documento confesando que no había sido robado, y que la cantidad prestada por Macías la había perdido en el juego.

—Ahora extiende varios pagarés a nombre del hermano de Macías, que los irás pagando cuando puedas.

Terminado el asunto, Chico echó mano del documento firmado por Castelo y se lo metió en el bolsillo.

—Alguno lo tiene que guardar; lo guardaré yo.

Castelo se mordió los labios. Chico, sin decir más, saludó, y se fué.