Castelo entonces se lamentó amargamente y de una manera sentimental de que amigos suyos, como Las Heras y Macías, hubieran hecho con él lo que habían hecho. Discutieron entre ellos y se marcharon todos del despacho del inspector Luna. Antes de salir, Castelo dió a éste las gracias y le dijo:
—No se ocupe usted de mi deuda.
—Hombre, no; yo haré lo posible por pagarle a usted.
El mismo día, Luna escribió al juez diciéndole que el capitán Castelo había sufrido una equivocación y que no había sido robado.
A pesar de estar reconocida la inocencia de Miguel Rocaforte, éste tardó bastante en salir de su encierro.
Un día se oyó la frase clásica empleada en la cárcel para poner en libertad a los presos: «¡Miguel Rocaforte, con lo que tenga!» Miguel salió a la calle. Uno que era amigo de Macías, el robado, contó a éste lo ocurrido cuando volvió a Madrid. Castelo se vió con Macías y le explicó lo que había pasado, pintándolo a su modo. Macías, también jugador, tuvo por entonces una racha de buena suerte y, sintiéndose generoso, perdonó la deuda a Castelo y rompió delante de él los pagarés firmados por éste.
VII.
CASTELO Y PACA DÁVALOS
¿Qué importa que ella sea rica, que tenga muchos litereros, que traiga costosas arracadas, que ande en ancha y costosa silla? Pues, con todo esto, es un animal imprudente, y si no se le arrima mucha ciencia y mucha erudición es una fiera que no sabe enfrenar sus deseos.