Séneca: De la constancia del sabio.
Por entonces, y sabiendo que existía gran odio entre Castelo y Chico, le pregunté varias veces a Luna qué es lo que había podido ocurrir entre los dos.
Luna me explicó la razón del odio, haciendo comentarios a los hechos, con su manera de hablar bonachona y su filosofía tranquila y un poco cínica.
Por lo que me contó, Chico y Castelo habían tenido durante la infancia y la juventud gran amistad. Fueron juntos a la escuela en el pueblo de la Mancha, donde vivieron, y casi se consideraban como hermanos. Después, los azares de la política les llevaron a los dos a servir en el mismo regimiento de Caballería, al uno de capitán y al otro de teniente. La intimidad más estrecha había reinado entonces entre ellos.
Los dos, en tiempo de la segunda época constitucional, se abrazaron al liberalismo y soñaron con ser héroes populares. Impurificados, luego aceptados en el Ejército, estaban de reemplazo en 1833. ¡Quién les había de decir en su juventud que, andando el tiempo, el uno iba a acabar en un miserable tahur, y el otro, en un jefe de policía odiado y despreciado por la plebe!
—Es cosa triste—dijo don Eugenio—, cuando se piensa en los asesinos y en los grandes canallas, despreciados y odiados por todo el mundo, el considerar que sus madres creyeron que, con el tiempo, sus hijos serían los mejores, los más buenos, y darían ejemplos de honradez y de virtud.
Afortunadamente, no se puede predecir lo que será la vida. Si no, ¡qué terror sería el de la madre, cuando acaricia a su niño pequeño, verlo después en su imaginación robando, o asesinando, o subiendo al patíbulo!
El odio entre Chico y Castelo vino de una rivalidad amorosa. Los dos conocieron al mismo tiempo a Paca Dávalos, la mujer del coronel Luján, que tuvo por entonces una tertulia de las más celebradas en Madrid.
Paca era una mujer llena de encanto, esbelta, graciosa, con unos ojos claros muy expresivos. Chico y Castelo hicieron la corte a Paquita, porque se decía que la mujer del coronel no era una virtud intratable.
Castelo llegó pronto al corazón de la Dávalos. Era éste jacarandoso, petulante, hablador, mentiroso; tenía una bonita voz y cantaba romanzas al piano. Pasaba por hombre de gran valor, que había tenido aventuras extraordinarias; pero los que le conocían a fondo sabían que era muy cobarde.