Chico, en cambio, seco, duro, violento, de pocas palabras, fué desdeñado y vió pronto el éxito de su rival. El hombre se enfureció por dentro y juró no olvidar lo ocurrido.

Yo conocía bastante a Paca Dávalos. Antes de mi ingreso en la cárcel intrigaba con los amigos de María Cristina y Muñoz. Le había visto varias veces en casa de Celia y en compañía de una italiana, Anita, que fué la amante de Castelo.

Esta italiana, que quería hacerse pasar por una descendiente de sangre real y que tenía todos los vicios imaginables, había hecho de Castelo, que ya era borracho y jugador, un perfecto crapuloso.

Paca Dávalos y Anita eran amigas de Teresa Valcárcel, la mediadora en los amores de la Reina con Muñoz, y solían reunirse en casa de Domingo Ronchi con Nicolasito Franco, el amante de Teresa; el clérigo Marcos Aniano, paisano de Muñoz; el marqués de Herrera y el escribiente del Consulado, Miguel López de Acevedo.

Por entonces, Paca era una rubia elegantísima, con un cuerpo de muchacha soltera y mucha gracia en la conversación.

Paca Dávalos, que llegó a entrar en Palacio y a tener confianza con la Reina, intervino en el traslado desde Segovia a París del primer hijo de Cristina y de su amante, y fué a Francia en compañía del presbítero Caborreluz.

Todos los que tomaron parte en aquellas intrigas amorosas de Palacio progresaron con rapidez. Ronchi llegó a marqués y a propietario; Teresa Valcárcel se hizo rica; el joven Franco ascendió de capitán a teniente coronel. El favor real bañó, como agua lustral, a los amigos de Muñoz; pero no llegó a Paca, que, inquieta y descontenta, quiso tomar la parte del león, con lo que se hizo antipática y acabó por cerrarse la entrada en Palacio.


VIII.
HACIA EL ABISMO

El abismo, llama al abismo.