Salmos, de David.
Luna me dió más tarde informes de la vida íntima de Paca.
Paca Dávalos era de la aristocracia. Su padre, un hombre gastador, estúpido, de los que pierden las preocupaciones y el decoro de la clase a que pertenecen, y no adquieren nada en cambio, encontró su casa medio arruinada y la acabó de arruinar.
Se jactaba de ser descendiente del marqués de Pescara, el vencedor de Pavía, don Fernando de Ávalos; pero éste, descendiente de un vencedor, no pasó nunca de ser un pobre derrotado. La madre de Paca fué una mujer perturbada y siempre enferma.
Paca era a los diez y seis años una belleza extraordinaria: tenía unos ojos claros, melancólicos, que arrebataban, y un cuerpo provocativo, excitante. Había en ella un contraste entre sus ojos dulces, humanos, unos ojos para inspirar madrigales como el de Gutierre de Cetina, y su cuerpo, de felino, ágil como el de una pantera. Muy coqueta, muy poco cuidada por sus padres, había tenido novios desde los catorce años y le había gustado uncir a todos los hombres a su carro.
Entre los novios, un capitán, Luján, un tanto bruto, violentó a la muchacha; luego se casó con ella, y a los cinco o seis meses de matrimonio, Paca tuvo una niña.
Marido y mujer anduvieron de guarnición en guarnición, hasta que se establecieron en Madrid. Luján era un hombre violento, avaro, de malhumor, de genio desigual, cominero y desagradable. A cada paso armaba un escándalo a su mujer; muchas veces, con razón, por las coqueterías de ella; otras, sin más motivo que su malhumor.
La Paca aguantaba esta vida por su hija, por la que tenía un entusiasmo ciego. La niña, Estrella, prometía ser una gran belleza. Era, además de bonita, muy amable, muy dócil; tenía mucho gusto por la música y una voz angelical. Paca la adoraba, y su amor por la niña era el único freno, la única defensa de la honestidad de su vida.
Pensando en ella se prometía a sí misma ser buena para no dejarla un estigma difícil de borrar; pero, a pesar de sus propósitos, no los cumplía siempre. Ante los hombres que la galanteaban se olvidaba de todo, y lo mismo le pasaba con las gasas, las sedas, los teatros y las diversiones. Paca hacía gastos excesivos y, para ocultarlos a su marido, engañaba, trampeaba, mentía, y, al último, generalmente se descubrían sus enredos.