Luján, siempre malhumorado y caprichoso, en el momento en que su mujer parecía volver a una vida recogida y casera, pensó que Paca iba a dar un ejemplo deplorable a Estrella, que ya tenía doce años, y para sustraerla a esta influencia, sin decir nada a la madre, llevó a la niña a un colegio de monjas de Toledo.

Paca, desesperada, averiguó dónde estaba la niña, y hasta preparó un rapto; pero una de las monjas del colegio, pariente del coronel Luján, impidió que la niña saliera de la casa.

La Dávalos no pudo resistir esta separación; se desesperó, suplicó a su marido que trajera a su hija; él la dijo que no. Paca sintió desde entonces la impresión del que se hunde en el abismo.

Pocos días después abandonó a su marido y se fué a vivir con Castelo.

Luján juró que se vengaría; pero no hizo nada. La Paca y Castelo pusieron casa y tuvieron una época de entusiasmo y de amor, en la cual creyeron regenerarse y volver a la vida ordenada y honesta; pero pronto se cansaron de ella.

Castelo comenzó a jugar y a beber, y ella hizo lo mismo. Naturalmente, la casa iba de este modo de mal en peor, y concluyeron por cerrarla e irse a una de huéspedes. Cuando tenían un buen momento vivían bien; pero cuando llegaba la mala, los dos se echaban en cara su respectiva miseria.

—¿Por qué te he seguido?—exclamaba ella.

—Eso me pregunto yo—decía él—. ¿Para qué me has seguido? Para hundirme para siempre.

La Paca se separó de Castelo, tuvo otros amantes y volvió a reconciliarse con él. En la segunda separación llegaron a pegarse.

La Paca, entonces, recurrió a sus amistades cortesanas; pero al ver que la Reina y sus amigas la cerraban la puerta de Palacio, se indignó y comenzó a manifestarse republicana. Cuando bebía y se exaltaba decía que había que ahorcar a la familia real y a toda la aristocracia.