En uno de esos momentos de miseria, la Paca conoció a una corredora de alhajas y Celestina, a la que llamaban la Sorda y la Garduña. Esta mujer era dueña de un burdel de la calle de Barcelona y del garito de la calle de la Fresa. La Garduña vivía con un usurero, el Silverio. La Garduña era una mujer gruesa, empaquetada, vestida con colores chillones, de cara dura, abultada, y con unas bolsas moradas debajo de los ojos. Esta Garduña era muy inteligente en sus negocios y se iba enriqueciendo con gran rapidez.
El Silverio, su amante, un tipo raído y siniestro, con una nube en un ojo y un aire de suspicacia, era un hombre muy religioso, de varios oficios y ninguno honrado: cantinero, prestamista, ropavejero y dueño de garitos.
La Garduña se entendía muy bien con él.
La Garduña acabó por prostituír a la Dávalos; explotaba su pasión desenfrenada por el juego, y le hacía pagar las deudas llevándola a las casas de citas.
Castelo seguía también su marcha hacia el abismo; todavía podía pasar por joven, aunque mirándole de cerca se notaban los ultrajes del tiempo en su rostro; su pelo rubio iba blanqueando con hebras de plata, y su labio colgante parecía hacerse más flácido. Tenía, entre otras, la condición de la intriga, y sabía disimular su crápula y darle un aire sentimental. Este chulo sensible era muy hábil. Sin haber estado en ninguna batalla, lucía una buena hoja de servicios. Era cobarde, y daba la impresión de valiente, fanfarrón, insultador, procaz y de una audacia extraordinaria.
Su fantasía le hacía darse aires de héroe, y convencía a la gente de que los sueños de su imaginación eran algo real.
Castelo tenía una vanidad alucinada: la hija sin padre de los desvanes del mundo, que dice Gracián, dominaba por completo su espíritu; criticaba con acritud a todos los políticos y, sobre todo, a los generales, que le parecían de una ineptitud tan completa, que afirmaba que el uno no sabía leer, que el otro era incapaz de hacer maniobrar a cincuenta hombres, etc. Se manifestaba también, a consecuencia de su vanidad y de su cobardía, muy rencoroso.
Castelo y Paca Dávalos, después de muchas riñas y separaciones, llegaron a un acuerdo y se asociaron con la Garduña para establecer varias timbas en Madrid.
Uno de los socios era doña Anita, la italiana, que había sido querida de Castelo y que acabó casándose con un francés y poniendo una tienda de antigüedades.
El negocio de las timbas era tan lucrativo, que, a base de la que existía en la calle de la Fresa, se instalaron otras casas de juego en distintos sitios de Madrid.