Muñoz era hombre guapo, tenía ocho o diez años menos que Cristina, y ella sentía por él esa pasión un poco exclusiva de las mujeres ardientes y machuchas.
Ya en 1834, antes de entrar yo en la cárcel, un periódico titulado La Crónica dió esta noticia: «Ayer se presentó Su Majestad la Reina Gobernadora en un char avant, cuyos caballos dirigía uno de sus criados. En el asiento del respaldo iba el capitán de guardias duque de Alagón».
La Reina se indignó de tal manera, al ver que le llamaban criado a Muñoz, que no paró hasta que Martínez de la Rosa y el jefe de policía, Latre, suprimieron el periódico y desterraron a su editor, Jiménez, y al director, Iznardi.
Los celos le duraron a la Reina Cristina hasta la vejez, y más tarde le entró el ansia de hacerse con una fortuna de cualquier manera y por cualquier medio. Entonces fué cuando se alió con Salamanca; y comenzó sus combinaciones financieras y sus negocios, y acabó de desacreditarse.
Yo había intimado con la Reina Madre en París, cuando vivía en su palacio de la calle de Courcelles, y le había intentado convencer de que un Gobierno fuerte y liberal era la salvación de España.
En Madrid, María Cristina me llamaba al palacio de la calle de las Rejas, me preguntaba mi opinión acerca de las cuestiones políticas, y quería que yo le dijera lo que se murmuraba en la calle sobre los amores de su hija y sobre los milagros de sor Patrocinio.
María Cristina había perdido influencia en su hija Isabel, que, como se sabe, vivió entregada a una serie de favoritos, serie que comenzó por Serrano, el General Bonito.
María Cristina no tenía ninguna simpatía por su yerno, y le despreciaba por su debilidad y por dejarse embaucar por la monja milagrera.
María Cristina sabía que yo vivía pobremente, y me decía:
—Aviraneta, han sido muy ingratos para ti. Si necesitas dinero, vete a verle a Pepe Salamanca, de mi parte. Yo le escribiré.