—Señora—le contestaba yo—, tengo lo bastante para vivir.

María Cristina me envió de regalo cuadros y estatuas, y alhajas para mi mujer. A pesar de esto, yo no la quería. Aquella ansia de hacer dinero a todo trance, de considerar a España como una finca, me molestaba. Esto debía haberlo aprendido de su amigo Luis Felipe.

Nunca pasé de ahí, de tener amistad con la Reina Madre; pero como todo se sabe en Madrid, y se sabía que yo frecuentaba su palacio, se creyó que era uno de sus consejeros políticos, lo que no era cierto.

Si hubiese querido hubiese podido aprovechar esta amistad, pero ya era viejo y estaba desengañado.

Además, la Reina Madre y González Bravo, y después Sartorius, pretendían mermar, y hasta abolir, la Constitución, cosa que para mí no podía ser simpática, porque era la negación de toda mi vida política. A los sesenta años ya uno no se vende, o se ha vendido ya, o ha tomado la honradez por costumbre.

No me quedaba, como he dicho, mas que la curiosidad de enterarme y de saber lo que pasaba.

Cuando el general Lersundi fué presidente y Egaña ministro de la Gobernación, estuvo éste en mi casa a decirme que de parte de la Reina, del general y de la suya, venía a verme para que pidiese un cargo.

—Yo ya no quiero ser nada—le dije.

Durante estos años intermedios entre la guerra civil y la revolución del 54 oí hablar mucho de Chico en todas partes, sobre todo cuando comenzaron las prisiones y las deportaciones; pero no le llegué a encontrar ni una vez. Chico se hizo célebre como jefe de policía de Madrid. Era un hombre muy odiado por el pueblo. Todo el mundo contaba horrores de él, y se le consideraba como un esbirro capaz de los mayores atropellos y violencias.

Yo no recordaba bien a Chico; me lo pintaban como un tagarote de taberna, ordinario y bestial, y yo tenía de él la idea de un tipo casi elegante, fino, con unos ojos muy vivos e inteligentes, la nariz un poco aplastada, los labios delgados, el color pálido y el cuerpo esbelto.