Chico, al menos en el tiempo que yo le conocí, leía bastante, le gustaba mucho la pintura y hablaba con gracia, con un acento un poco andaluzado.

Cosa extraña. La casualidad y la mala voluntad de un ministro hizo que yo apareciera unido a Chico en un asunto en que no teníamos nada de común.

En 1847 me prendieron a mí y le prendieron a Chico, y nos deportaron, a mí a Alicante y a él a Almería. Cualquiera hubiera dicho que había relación entre nosotros dos; pero no había ninguna.

Yo había recibido carta de un amigo y secretario de María Cristina, desde París, pidiéndome noticias de Madrid, y yo le contesté burlándome de los puritanos que entonces ocupaban el Poder, y la carta la interceptó el Gobierno.

Respecto a Chico, tenía, en abril de 1847, una letra de veinticinco mil francos del duque de Riansares, aceptada por el ministro de la Gobernación, Benavides, para cobrar. Por entonces hubo una algarada de unos cuantos jóvenes que vitorearon a la Libertad y a la Reina, al paso de Isabel II, en coche, por la Puerta del Sol, la calle Mayor y la plaza de Oriente. El ministro pensó: «Vamos a prender a Chico y a Aviraneta; a Aviraneta le castigamos por sus correspondencias, y a Chico no le pago la letra hasta que tenga dinero, y, de paso, se da la impresión a la gente de que ha habido un complot». ¿Qué complot iba a haber para vitorear a la Reina? Era ridículo; pero la gente lo cree todo.

Naturalmente, nos levantaron el destierro en seguida, pero la idea de que había algo de común entre Chico y yo quedó flotando en el aire.

También oí hablar, repetidas veces, de Mauricio Castelo, cuyo nombre aparecía entre los progresistas radicales con la aureola de un político austero.

¡Qué se va a hacer! Este será siempre uno de los escollos de la democracia: el que el pueblo no se pueda enterar bien de las condiciones de sus servidores. A una colectividad se le engaña siempre mejor que a un hombre.

El año 1851 fué nombrado jefe político de Madrid mi amigo el general Lersundi. Yo visitaba mucho su casa, adonde iba de tertulia un día a la semana. Fuí a felicitarle por su nombramiento, hablamos y me preguntó: