—Sí.

No dije más. Solía encontrar de cuando en cuando en la plaza del Progreso, tomando el sol, al inspector Luna, que paseaba con su nietecillo. Luna estaba retirado y vivía en una casa de la calle de Barrio Nuevo. Un día, al encontrarle, le conté lo que me había dicho el general Lersundi.

—Ya lo sé—me contestó él.

—Sin duda, Castelo hace este expediente llevado por el odio contra Chico, que le descubrió la artimaña del supuesto robo hecho a Macías.

—No, no sólo es por eso—replicó Luna—. Chico hizo una canallada a Castelo.

—¿Pues?

—No sé si le conté a usted que Chico guardó la confesión de Castelo.

—Sí me lo contó usted.

—Chico—siguió diciendo Luna—guardó aquel documento con la idea de utilizarlo, en cualquier ocasión, contra Castelo. Dos o tres años después del supuesto robo, y en el tiempo en que acababa de ser nombrado Chico jefe de la policía, se encontró en un baile de máscaras del Circo con Paca Dávalos. Ella estaba todavía en el apogeo de su belleza. Paca quiso darle broma y divertirse a costa del terrible jefe de policía, de quien sabía algunos secretos amorosos por Castelo. Chico la conoció, la llevó al ambigú y la convidó a cenar. Ella aceptó el convite y coqueteó con Chico; pero al salir del baile le dijo que no tomara en serio sus coqueterías, porque estaba enamorada de otro hombre. Chico, enfurecido, le replicó que si no le acompañaba a su casa aquella noche, al día siguiente le llevaría a Castelo a la cárcel y le desacreditaría, porque tenía un documento que le comprometía.