—¿Y ella qué hizo?

—Ella fué a su casa.

—¡Demonio!

—Sí, y Castelo lo supo, porque esas cosas se saben siempre. Al principio, Castelo no hizo nada en contra de Chico. Había reñido muchas veces con la Paca, que hacía una vida relajada, y, ciertamente, no estaban legitimados los celos. Además, la posición de Chico como jefe de policía era muy fuerte, y no era fácil el medirse con él. Cuando la reputación de Chico comenzó no sólo a decaer, sino a hacerse siniestra, Castelo, como si en un momento sintiera revivir los agravios inferidos por su antiguo camarada, se puso a la cabeza de los enemigos del jefe de la Ronda.

—Se comprende que una cosa así no es para olvidarla, y menos pensando que el autor de la ofensa es un amigo de la infancia—le dije yo.

—Castelo siente hoy un odio profundo contra Chico. El recuerdo de la antigua amistad que tuvo con él hace su rencor más violento y más venenoso.

—Me explico que un hombre frenético, como Castelo, haya hecho muy mala sangre pensando en Chico.

—El odio de Castelo se lo ha comunicado a la Dávalos, y los dos han empleado todos los medios para hundir a Chico; han seducido a los agentes de la Ronda Secreta y a una porción de ladrones que conocen por intermedio de los «ganchos» de las casas de juego de la Garduña y del Silverio, y toda esa gente maleante ha declarado contra Chico, contando parte de verdad y parte de mentira. El partido progresista le ayuda a Castelo en su campaña.

—¿Y será verdad que Chico se entendía con los ladrones?

—¡Hombre, don Eugenio!—dijo Luna con una sonrisa cínica—. Todos los policías se entienden más o menos con los ladrones; pero no son los robos los que pueden dar más dinero a un hombre que tenga el cargo de Chico. ¡Figúrese usted! Hay líos en la Corte, hay grandes negocios, hay jugadas de Bolsa, hay Salamanca; se puede salvar a un político de una campaña de difamación; se puede salvar la fama de una señora comprometida, hacer desaparecer favoritos, como un Mirall o un Pollo Real. Todo eso da.