Castelo estaba rodeado de un grupo de hombres armados con escopetas y trabucos, gente la mayoría desharrapada, con zamarra y calañés, entreverada con algunos elegantes de levita de color, corbatín y pantalones de trabilla.

Varios de aquellos hombres, a pesar del calor sofocante de los días de julio, llevaban capa.

La mayoría eran tipos de matones, de esos que se ven en las escaleras de las chirlatas embozados en la pañosa y con un garrote en la mano.

Estaba yo en la puerta del salón de lectura cuando entró el torero Pucheta con un periodista, pequeño y pálido, picado de viruelas y con anteojos, y un revendedor del Teatro Real a quien llamaban el Mosca.

Los tres se acercaron a Castelo y hablaron con él largo tiempo.

Pucheta empleaba las grandes frases de la época: la democracia, la soberanía nacional; el periodista se mostraba acre y lleno de odio contra todos.

Cuando acabaron su conferencia, toda la gente se marchó con Pucheta.

Castelo quedó solo, y entonces me acerqué a él y le saludé:

—Siéntese usted—me dijo amablemente—. Yo voy a comer. ¿Quiere usted comer conmigo?

—Muchas gracias. He comido ya.