Castelo abrió una mampara del saloncito, llamó a voces, vino su asistente y le dijo:

—Tráeme la comida.

Contemplé a Castelo. Había envejecido muchísimo desde que yo le había conocido. Tenía un aire de intranquilidad y al mismo tiempo de estupor. Estaba encorvado. Vestía pantalones de militar, chaqueta de paisano y gorra de cuartel. Fumaba sin ganas; más bien mascaba un cigarro puro.

Me chocó hallarle tan decaído. Creí adivinar en él un sentimiento de descontento al verse entre Pucheta y su mesnada y le pregunté:

—¿Quién era esta gente? ¿Qué es lo que quiere?

—Estos son los jefes de la revolución al menudeo—contestó con disgusto—. Alguno que otro es un cándido. Los demás son gandules y asesinos que debían estar en presidio.

—Sí, por su aspecto no parecen muy de fiar.

—Todos, o la mayoría de estos revolucionarios de pega, son tahures, jugadores de oficio; los otros, revendedores de alhajas, y algunos, toreros.

—¿Y el periodista?