—Ese es el mayor canalla de todos. ¡Si yo tuviera poder!

—Ese torero que toma aires de director de las turbas es el célebre Pucheta, ¿verdad?

—Sí; es un tiranuelo de los Barrios Bajos.

—Y ¿cómo se ha mezclado usted con esa gente, amigo Castelo?

Yo le hice esta pregunta como si le considerara más en mi campo que en el de los amigos de Pucheta.

—¿Qué quiere usted?—me dijo él revelando su inquietud—; me han comprometido; me han nombrado jefe de esta barricada, lo que consideran un puesto de honor y de peligro. Hoy han venido a invitarme a que presida una gran comida que van a dar en un colmado de esta calle para celebrar el triunfo de la Revolución.

—¿Y usted va a ir?

—Sí; si no parecería sospechoso. La cosa no está sosegada todavía, sino sólo aplazada.

—¿Pues qué se quiere?

—Cada uno quiere una cosa diferente: unos, a Espartero; otros, a O'Donnell; hay quien piensa en la República.