—¡Bah! Todavía falta mucho para eso.
—Todos quieren prender y juzgar a María Cristina.
—¿Y dónde está María Cristina?
—Está en Palacio.
Castelo salió del cuarto, y vino, poco después, con una botella de ron y un vaso; tiró el cigarro al suelo, lo pisó y comenzó a beber el licor como si fuera agua.
Yo le contemplé. Debía de estar completamente alcoholizado; parecía de esos hombres que viven en una irritación constante interrumpida por momentos de depresión.
Entró el viejo asistente con la comida y puso sobre una mesa el mantel y los platos.
—¿Dónde está la señorita? ¿Por qué no viene?—le preguntó Castelo.
—¿Quiere usted que la llame?
—Sí; que venga en seguida, que la estoy esperando.