Yo estaba buscando una fórmula para marcharme cuando entró Paca Dávalos en el saloncito vestida con una bata de color de rosa. De lejos todavía hacía efecto; pero de cerca era una vieja decrépita. Estaba torcida para un lado, iba pintada y empolvada. Tenía los ojos tiernos y los párpados rojos y sin pestañas; en su cara, a través de la capa de polvos de arroz, se veían manchas rojas como erisipelatosas. A cada momento guiñaba los ojos y tenía unos tics nerviosos que le hacían estremecer todo el rostro. Al hablar torcía la boca a un lado.

Era todavía felina; sus ojos soñadores habían perdido su brillo y su encanto, pero le quedaba algo del tigre viejo y derrengado que bosteza dentro de la jaula.

Me levanté para saludarla. Ella no me reconoció. Se sentó; tomó en la mano el vaso lleno de ron que tenía Castelo delante y bebió unos cuantos sorbos.

Le temblaba la mano como a un perlático.

De pronto me miró fijamente y me dijo:

—Yo le conozco a usted.

—Yo también a usted.

—¿De dónde?

—De casa de Celia.

—¡Ah! Es verdad.