Hablamos de la gente que iba a aquella casa; de Ronchi, de Nicolasito Franco, de Fidalgo y de sus hermanas, del padre Mansilla.

La Dávalos se confundía con sus recuerdos; había perdido la memoria. Tenía, de pronto, unas gesticulaciones bruscas. Aquella contracción de la cara de la Dávalos hacia un lado, me chocaba. Daba la impresión de algo grave y, a veces, tenía yo la evidencia de que aquella mujer era una perturbada, una loca.

—¿Usted es todavía amigo de Cristina?—me preguntó tartamudeando.

—Sí.

—Pues lo va usted a pasar mal.

—¡Qué le vamos a hacer!

—¿Y cómo puede usted ser amigo suyo?

—Yo, por agradecimiento. ¡Qué quiere usted! Le debo la vida.

La Dávalos se exaltó al hablar de María Cristina, y empezó a decir de ella porquerías y suciedades, llamándola constantemente zorra, piojosa y la señora de Muñoz. La Paca usaba los juramentos y las blasfemias de los tahures y matones con quien trataba y convivía.

—¿Le hizo a usted alguna mala pasada la Reina?—le pregunté yo.